Alan García y el asesinato de una esperanza

El Sr. Jorge Barata, exdirector ejecutivo de Oberbrecht, declaró hace unos días que los últimos cuatro expresidentes peruanos recibieron pagos ilegales de esa compañía. Alan García era uno de ellos, confirmó Barata.

Si su suicidio fue valiente o fue cobarde es irrelevante. Esa pregunta siempre lo es. La conservación personal es un instinto primario, una instrucción indeleble del programa fuente de la vida. Para incumplir tan severo mandato es preciso destruir el programa mediante violencia extrema, en un acto de soledad absoluta. Un silencio respetuoso ante el hecho consumado parece la reacción más razonable.

Distinto es el caso de las motivaciones y consecuencias del acto en un hombre público. Se ha dicho que actuó en defensa de su honor. Sin embargo, un servidor público pierde su honor la primera vez que acepta, aprueba o consiente un beneficio ilegal para él, sus allegados o sus colaboradores. Como advirtió Morris West: “comete un crimen y tu mundo se volverá de cristal. Cierta circunstancia condenatoria transpirará para siempre.”

Pero con su acción sí defendió el honor de su familia, la memoria de sus amigos, la causa de su partido, y su impreciso lugar en la historia. Impidió a sus enemigos el placer miserable de verlo abatido y humillado en una cárcel, a merced de medios morbosos.

Las consecuencias del hecho son ya cuenta separada. Alan García fue miembro emblemático de los liderazgos políticos latinoamericanos nacidos después de la Segunda Guerra Mundial. Parecían hechos en un mismo molde: líderes universitarios, carismáticos, de similar discurso y persuasiva palabra. Condenaban el retraso y la injusticia, que las derechas prometían acabar mediante tibias reformas y lentos acomodos, y las izquierdas con reformas rápidas y profundas.

Al movilizar a las masas populares, estos líderes provocaron el interés de ambos polos de la Guerra Fría, que asignaron importantes recursos para controlar a los jóvenes políticos. Las nuevas generaciones se dejaron arrastrar a la Guerra Fría, para luchar por causas que no eran las de sus pueblos.

Heredaron de sus antecesores su pasión por el discurso político encendido, e ignoraron las tercas realidades de la economía, creyendo la derecha que bastaría liberar los mercados, y la izquierda que el gobierno, bajo su mando, podría hacerlo todo. Se culparon del mismo pecado por ambos bandos cometido: dirigir la economía no por saber, experiencia ni ejemplo, sino por sonoras vaguedades ideológicas que reflejaban los paradigmas de la Guerra Fría, no las necesidades de las economías.

Se enamoraron del déficit fiscal, un amor tenaz, goloso e inflacionario. Y cuando se dejaron seducir por la corrupción, traicionaron los principios y las ilusiones que habían hecho votar por ellos a las mayorías populares.

El último acto en la vida de Alan García revela el suicidio político de generaciones que ofrecieron una esperanza latinoamericana. ¿Qué pudo haber pasado a tantos hombres y mujeres jóvenes de toda la región, en la misma época? Pareciera que la humanidad está siendo derrotada por la corrupción. O que el problema no es bien comprendido y sí mal combatido. Hace años conversamos con usted sobre este tema, y las conclusiones nos sorprendieron. Valdrá la pena que repasemos algunos conceptos. Quizás la amarga decisión de Alan García, que simboliza el asesinato colectivo de una gran esperanza, sea advertencia y guía para repensar muchas cosas.

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