La Maldición de su Majestad

Era el primer curso de ingeniería civil, con todos sus alumnos novatos, cuando en la UNAH se pasaba directamente del bachillerato a la carrera escogida. Al comenzar su clase, el profesor vio a una jovencita alta y delgada, que le miraba temerosa, pero sin bajar los ojos.

No hizo falta más. El profesor tiró con violencia la barra de yeso que, también furibunda y frustrada, se hizo pedazos contra una pared. “La ingeniería es para hombres, no para mujeres”, masculló el académico, mientras abandonaba el aula.

Sorteando más atropellos, Irma Acosta de Fortín fue la primera ingeniera civil del país. Académica, política, fundadora y presidenta de una universidad privada, no habría llegado tan lejos si se hubiese dejado amedrentar por la intolerancia.

El problema es tan reciente como milenario. Se dice que un grupo feminista visitó al rey Alfonso XIII de España, para solicitarle apoyo. “Vosotras las mujeres no debierais andar en esas cosas”, respondió el monarca. “¿Y qué deberíamos hacer, majestad?”, preguntó la activista. “Sopas”, fue la inequívoca respuesta.

Hypatia de Alejandría fue linchada en 415 antes de nuestra era, durante las confrontaciones callejeras de la época entre cristianos y paganos, porque los primeros no le perdonaron que, siendo mujer, fuese también matemática laureada, astrónoma y filósofa. Todo eso les pareció brujería.

En 1978, la Real Academia Española de la Lengua incorporó a Carmen Conde Abellán, la primera mujer desde la fundación de la entidad, en 1713. Ella comentaría que, después de 269 años, en la venerable institución no había servicios sanitarios para mujeres.

Hasta 2017, el premio Nobel fue otorgado a 844 hombres y 52 mujeres, de las que 17 recibieron premios de ciencia, once de ellos en medicina.

El primer Nobel de Física fue otorgado a Marie Curie en 1903, y a otra científica hasta 1963, la norteamericana María Gosper-Mayer. Es en la ciencia –en especial en las matemáticas- donde ha habido más mezquindad y discriminación, encubiertas por el mito de que estando el hombre mejor dotado para el pensamiento científico y la mujer para simples quehaceres, a ella le tocan los críos y la cocina.

Así que cuando el 19 del mes pasado leí que el premio Abel de matemáticas –equivale al Nobel en esa rama- había sido otorgado a la norteamericana Karen Uhlenbeck, recordé de inmediato, con admiración y alegría, la anécdota de Irma Acosta de Fortín, que ella misma me contó.

No ha sido sencillo para Uhlenbeck. En un reciente libro cuenta cómo trataron de apartarla de su vocación, con expresiones como que “nadie contrata mujeres, porque las mujeres deben estar en casa y tener bebés.” En respuesta, ella mantiene una cruzada para estimular y promover el estudio de la matemática por mujeres jóvenes.

Tal marginamiento daña por igual a hombres y mujeres. Las grandes luchas que hoy libra la humanidad –la paz, el cambio climático, el agua, la globalización consumista, la concentración de la riqueza y la pobreza, la amenaza tecnológica, los combustibles, la violencia juvenil, la exploración espacial, la robótica- comprometen al conjunto de la especie humana. Esa realidad, enraizada en las profundidades de nuestra antropología evolutiva, está sobre toda política, sobre toda ideología, sobre toda democracia o toda dictadura. El futuro de la especie es el mismo para ambos sexos.

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