Marcos, Moncho y Virgilio

Ya no recuerdo qué es lo que tanto me había mortificado aquel día de mis primeros años en la escuela secundaria.

Irritado, llegué a casa con la intención de explorar el álbum de sonatas de Mozart que Marcos Carías Zapata había prestado a mi hermano Amadeo (QEPD). Son relajantes, decía mi hermano. Tomé el álbum por el lado equivocado, y los discos, que eran de 78 rpm, volaron de mis manos y aterrizaron en pedazos.

En el momento mismo de la catástrofe llegaban Marcos, Moncho Oquelí y Amadeo. Marcos, sereno, sentenció que había sido un accidente perdonable. Moncho dijo que lo importante no eran los discos, sino que a mi edad me gustase Mozart. Esas reacciones tranquilas y tolerantes, tan propias de ambos, me ahorraron la reprimenda de mi hermano, a quien debo mi pasión por la música clásica.

Eran compañeros de curso, devotos lectores y alegres platicadores de los temas más diversos. Yo me acercaba a sus debates cada vez que podía.

De esa época es mi adicción al cine, invitado a veces por Moncho y Amadeo. Las pláticas posteriores a las películas me hicieron espectador exigente. Ahí me enamoré sin remedio de Viveca Lindfords, en Singoala, la película sueca de la gran novela gótica de Suecia. Fue un amor profundo, pero no correspondido.

Esas experiencias formativas, ricas y frecuentes, se interrumpieron cuando Marcos y Moncho salieron a España, para estudiar Historia el uno, y Derecho el otro. Pronto mi hermano partiría para siempre hacia México, donde estudió medicina.

Poco después conocía a Virgilio Carías, economista recién llegado de Estados Unidos. Yo pertenecía entonces a un grupo de estudiantes que se había propuesto, como misión de vida, la reunificación de Centroamérica, y, de paso, hacer la revolución social del istmo.

Pensamos que, para gobernar la región, convendría saber algo de economía, así que solicitamos ayuda a Virgilio.

Él habrá visto en nosotros una banda de loquitos, es decir, muchachos calificados para ser futuros agentes de cambio, así que no vaciló en darnos un curso de teoría económica en sus horas libres. Como Marcos y Moncho, Virgilio siempre dio tiempo y oportunidad a los jóvenes.

Ya trabajaba yo en el Banco Central cuando mi jefe, que estudiaba Economía, me pidió ayuda para un estudio encomendado por Virgilio: ¿Cuál de los seis modos de producción impera en Honduras?

Modo de Producción es una categoría del materialismo histórico marxista. Cuando quise aplicarla a la realidad de Honduras, encontré que ninguna de las fases anteriores al capitalismo, propuestas por el modelo, se había dado aquí, ni siquiera el propio capitalismo.

Acomodé el análisis lo mejor que pude y el trabajo fue aprobado, pero las dudas quedaron. Parecía que, aún desde el mero marxismo, el modo de producción se corresponde con el proceso histórico de cada país. Esto se puede arreglar en el papel, como hice para el jefe, pero no en la realidad. Cuando la URSS intentó su experimento socialista, era un país de regiones precapitalistas mezcladas con zonas rurales y feudalismo oriental. Quiso forzar el modo de producción obviando su propia historia. Por eso la URSS se derrumbó sobre cimientos construidos con optimismo y oportunismo políticos, no con las realidades sociológicas, históricas y económicas de Rusia.

Estas reflexiones, provocadas por el modesto trabajo para Virgilio, influyeron en mi manera de entender la historia.

Marcos y Virgilio murieron hace poco. Moncho en 2004. Fueron parte ejemplar de las generaciones de académicos de la UNAH inmediatas a la autonomía, mal conocidas y peor valoradas, que alumbraron el camino, en el empeño perenne de entender.

Para mí, conocerles fue fortuna y privilegio. Pero que tres contemporáneos, con nexos familiares y conexiones sociales con el poder, hayan dedicado sus vidas al estudio, a la enseñanza, a la formación de jóvenes, sin que su integridad ética haya nunca declinado, eso ya no es solo fortuna y privilegio: eso es motivo de asombro permanente.

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