“…tan lejos de Dios, y tan cerca de Estados Unidos…”

Esa amarga sentencia, que condena a México, es atribuida a su presidente Porfirio Díaz.

Si bien no es una frase afortunada, expone una manera frecuente, derrotista y resignada, de ver las actitudes de los países pequeños que son vecinos de potencias desarrolladas.

Las naciones, como las personas, pueden estar tan cerca de Dios como quieran, pero no pueden alejarse de los vecinos.

Un sentido realista de la economía, más la dignidad orgullosa y sensata del débil que se respeta, indican que, si los vecinos lo serán siempre, es mejor entenderse con ellos que usarlos como pretexto para justificar todas las desgracias, y esconder todas las irresponsabilidades.

Esto se relaciona con la situación en que nos encontramos ahora, camino de un gran conflicto que preferimos ignorar.

La bonanza económica que disfruta Estados Unidos desde hace nueve años se acerca a un peligroso ciclo depresivo, según concluyó la reunión reciente del FMI en Bali, vaticinio hecho desde hace meses por la prensa internacional.

El fantasma de 2008 y la incertidumbre producida por la guerra comercial de EUA y China, paralizan la inversión mundial. El ciclo depresivo es acelerado por el proteccionismo comercial y las amenazas populistas de políticas económicas demagógicas, todavía imprevisibles.

Momento pésimo para nosotros. Si la guerra comercial se extiende, y/o si las economías desarrolladas no aplican correctivos urgentes, una depresión global comenzará en 2020 y empeorará en 2021, año de las próximas elecciones generales en nuestro país.

Aún no salimos de la crisis electoral de 2017, ni cierran algunas heridas de 2009. El costo de vida más la creciente pobreza siguen siendo clamor de las mayorías.

Es así que, con estas desgracias, nos dirigimos a paso firme hacia una depresión económica mundial, en tanto que el vecindario regional sigue sufriendo violencia, motines callejeros, corrupción y demás males, todos transmisibles.

Pero además, los hechos políticos internos que vive Estados Unidos podrían complicar la situación de 2021.

En efecto, la vigorosa institucionalidad de Estados Unidos, y el blindaje de acero que protege la independencia de su poder judicial, han inspirado algunos intentos de construir nuestra propia institucionalidad.

Y vea usted, que si nos lo hubieran contado no lo creeríamos, pero vimos, con los ojos pelados por el asombro, cómo en todas partes se cuecen habas, aunque en algunas los cacharros son de cerámica y en otros de hojalata. Han ocurrido ahí cosas que más recuerdan nuestras marrullerías políticas que la herencia cívica de los fundadores de aquella gran nación.

He ahí el peligro del paradigma deteriorado: que la manipulación de los poderes constitucionales ya no tendrá que respetar ningún ejemplo. Nunca contó demasiado, pero orientó esfuerzos y brindó apoyo moral a quienes han luchado y luchan por hacer de Honduras un país respetuoso de sus leyes. Es un ejemplo malo y contagioso.

Todo esto presagia tiempos peligrosos, a los que no escaparán ni los que quieren quedarse, ni los que sueñan con que los dejarán llegar, ni los que gritan sin mensaje, ni los que no controlan su temperamento, ni nosotros, los votantes.

¿Qué nos queda, ante la crónica de un caos anunciado, que escribimos nosotros mismos? Pues nada más que dialogar.

Aunque no todos podrán llevarse el pirulín, como desean con arrebatada pasión, sí hay material, y razones mil, para negociar una salida inteligente, sensata, pragmática y oportuna.

Porque no será lo mismo la próxima vez que nos veamos en las urnas para luego confrontarnos en las calles. Esta vez, los vecindarios están revueltos y complicarán nuestra crisis.

Y esta vez será tarde para acercarse a Dios sin más motivos que el oportunismo político de siempre. Quizás nos haga entender que no podemos esperar ayuda si no nos hemos querido ayudar entre
nosotros mismos, mientras tuvimos tiempo.

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