Las Profecías de Alvin Toffler

¿O las advertencias?

Alvin Toffler (U. de New York), posiblemente el más importante futurólogo –sin duda el más resonante- del siglo XX, murió el recién pasado 29 de junio, a los 87 años de edad.

Debería haberse marchado   con la satisfacción, a escasos pensadores reservada, de ver cumplidas la mayoría de sus observaciones y profecías.

Pero es posible que alguna tristeza haya empañado esa dicha.

Investigó el impacto de la revolución tecnológica en la economía, en la cultura, en la sociedad, en el poder, en el individuo y, por lo tanto, en el futuro de la humanidad.

Pronto sabría que la revolución tecnológica es permanente, que duplicaría el conocimiento en ciclos más y más cortos, de unos cuantos años. Que, en suma,   arrasaría las formas de vivir y pensar construidas durante diez mil años; y que, en el camino, podríamos perder aquel futuro y quizás hasta nuestro lugar de especie dominante en  la Tierra.

Porque, ¿Cómo responder a ese diario sunami tecnológico?

Las estructuras biológicas, neurológicas y psicológicas del ser humano, se formaron durante millones de años de evolución.

Descubrimos el fuego hace unos 790 mil años, la agricultura hace unos 8 mil años, la escritura hace unos tres mil años.

Pero cambios de similares trascendencias ocurren ahora durante la vida de una persona, o en unos años, o hasta en unos meses.

Tras construir las primeras ciudades hace unos ocho mil años, la cultura y las tecnologías aceleraron el paso poco a poco, de modo que las generaciones pudieron adaptarse muy paulatinamente.

Toffler descubre que la aceleración, ya vertiginosa en 1970,  será infinitamente mayor como consecuencia de la interacción entre la tecnología digital y la revolución de las comunicaciones.

Sociedad e individuo saldrán violentamente dañados: las antiguas estructuras biológicas y neurológicas no resistirían el vértigo del cambio tecnológico.

En su obra cumbre (Future Shock, 1970),  Toffler sentencia que “el cambio es el proceso en el que el futuro invade nuestras vidas” Obliga a  “aprender, desaprender y volver a aprender” varias veces en el curso de una vida.

Toffler observa que los bienes y servicios son escasos, pero que el conocimiento es tan abundante y accesible, que puede enfrentar la escasez, promotora de angustias existenciales del  individuo.

Esta reflexión me recuerda otra del psiquiatra y pensador  Erich Fromm, de moda cuando salió Future Shock: el amor es el recurso que tiene el individuo para vencer su soledad (Erich Fromm: El Arte de Amar.)

De manera similar, el conocimiento podría ser el   recurso de nuestra especie  para vencer a la escasez, que se encuentra en el origen mismo de la tragedia humana.

Un tema que inquietó más y más a Toffler fue la esperable posibilidad de que sistemas, máquinas o robots puedan rediseñarse y reproducirse a sí mismos, y que los nuevos entes también lo hicieran, mejorando en  cada generación, al margen de toda participación humana.

La ciencia llama “singularidad tecnológica” a esta posibilidad, que, según algunos científicos, podría ocurrir hacia el año 2040.

Toffler vendió unos seis millones de ejemplares de Future Shock, dio conferencias, escribió más best sellers e incontables artículos. Pero el caos   continúa, y nuevas tecnologías siguen trastornando la vida cotidiana. Nadie quiere encarar la  realidad: las tecnologías avanzan sin rumbo ni propósito, y algunas sirven más al consumismo y al armamentismo que a los intereses de la humanidad.

Alvin Toffler profetizó, y fue leído con curioso interés. Advirtió, y sus advertencias han sido archivadas como literatura de ficción; una “ficción” que contribuye a entender la confusión y el caos que vivimos, y que no podrá ser ignorada cuando quiera que los poderes, al fin, busquen entre las escasas opciones todavía disponibles, mientras haya tiempo.

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